Nobody wants to be a hero

Naked truth will seldom make bestsellers
cause’ we like our water: sparkling,
our whiskey: on the rocks
and the truth: blurred.

Exalt Turing, Lenon, Tesla, Da Vinci or Mozart
if a doodle‘s on;
cause’ ain’t nobody got time for that.

Leave it to Peter and Bruce Wayne to save their worlds,
we’ll attend the movies and applaud the explosions.

Leave it to Gandhi, Mandela… Jesus, to save ours;
we’ll tribute and praise the greats when their success strikes our paths
and history has proven them heroes
-never before-.

Busy our minds;
and ask for the water: sparkling,
whiskey: on the rocks,
caffè: latte,
cigarettes: light
and hope we never get the chance to become heroes.

Damon Albarn – Everyday Robots

  

These stories will continue to seek you out

It is an extremely common mistake: people think the writer’s imagination is always at work, that he is constantly inventing an endless supply of incidents and episodes, that he simply dreams up his stories out of thin air. In point of fact, the opposite is true. Once the public knows you are a writer, they bring the characters and events to you -and as long as you maintain your ability to look and carefully listen, these stories will continue to seek you out-

-The Grand Budapest Hotel

 

  

Por una bala perdida

En casi todos los pueblos se cuentan historias casi legendarias, pero de ésta en especial, no he olvidado detalle alguno. Desde un comienzo fue apasionante y uno se involucraba con cada acontecimiento, y lo comentábamos como si hubiésemos sido testigos de lo acaecido. Pero más patético aún: cada cual iba tomando partido ante los hechos y defendía o atacaba a los protagonistas, vehementemente.

La noche en la cual llegó Salatiel Monterrosa -porque fue en la noche; una noche oscura, húmeda y calenturienta, como son todas las noches del mes de septiembre en Sabanalarga, y no una mañana “tibia y resplandeciente”, como sostienen algunos cuenteros románticos-. Por esos días se estaba llevando a cabo, por cierto, la novena en honor de la Virgen de las Mercedes, patrona del pueblo y la gente con este motivo se reunía en la plaza, a divertirse en los pequeños juegos de azar, o simplemente iban y venían como en un paseo sin fin por toda la plaza, y charlaban y reían, después de terminada la celebración del rito religioso, y como siempre durante este pasatiempo, las mujeres aprovechaban para mostrarse coquetamente y a cambio recibían piropos y guiños de ojos de parte de los hombres; y en no pocas ocasiones, se inició así una relación amorosa. Como marco tradicional de estas fiestas se encendían fuegos artificiales sincronizados, que llenaban de luz y color el negro firmamento y hacían brotar extraordinarias figuras rutilantes; que se desvanecían hermosamente para permitir que otras cada vez más impresionantes refulgieran.

Pero la noche continuaba con su calor denso y soporífero, lo cual hacía que la comitiva organizada para darle la bienvenida a Salatiel Monterrosa padeciera la espera fatigosamente. Estaba compuesta esta comitiva por cuatro damas y un caballero, todos se movían impacientes, tratando de mitigar el calor de alguna manera, mas cuando apareció Salatiel Monterrosa el ánimo de todos ellos cambió. El se apeó del taxi sin descuidar sus ademanes elegantes. Su porte era realmente distinguido y estaba vestido impecablemente con un traje azul turquí y corbatín rojo. La imaginación de las mujeres integrantes de la comitiva, que durante varios días antes solo se reunían para hacer especulaciones sobre el tipo que sería Salatiel Monterrosa, preguntándose cómo serían sus manos -porque según ellas las manos de un hombre mucho de su sensibilidad-, como serían sus ojos, su perfil. Todo lo que imaginaron, sin embargo, fue rebasado por la realidad del hombre que estaba frente a ellas. El regocijo era evidente en todas. Por su parte Salatiel Monterrosa no ocultó su complacencia, y con la mirada profunda de sus grandes ojos azules, recorrió todos los rostros femeninos. A sus miradas, Rebeca y Ruth Esther correspondieron muy expresivamente de forma tal que Salatiel tuvo la sensación de haber sido besado por sus miradas. Rebeca era hija del único hombre que fue a recibirlo, do Moisés Movilla, quien a la sazón era presidente de la empresa Solomillo, dedicada al cultivo, procesamiento y comercialización del millo. Ruth Esther era si mejor amiga.

Salatiel Monterrosa era una especie de especialista como el mismo decía, de las nuevas maquinarias que había adquirido la empresa recientemente.

La atracción incontrolable que sintió Rebeca por Salatiel Monterrosa logró que a los ocho días de haber llegado éste, ya se viera comprometido públicamente con Rebeca. Aquí hay que decir que en este pueblo, las mujeres, se casaban o se quedaban solteronas. No tenían otra opción aceptable. El padre de Rebeca se excedió en atenciones con los invitados a la ceremonia del compromiso. Aquello parecía el comienzo de un idilio de ensueño…

Hoy algunas gentes aún se conmueven y hasta lloran, cuando vuelven a escuchar las dulces y estremecedoras notas del nostálgico vals Tristezas del Alma, que la banda del pueblo interpretó por tres ocasiones, a petición de Salatiel. Este pasaje hizo suponer a alguno de los asistentes que del fondo de las entrañas de Salatiel había emergido reminiscencia de uno de sus amoríos, pues ya en el corto tiempo su estadía en el pueblo, se hablaba de sus andanzas donjuanescas, o tal vez él poseía un espíritu tan indescriptiblemente sutil que la melodía gimoteante del vals lo conmovía profundamente. Pero lo cierto fue que antes de cumplirse el mes del compromiso, el encanto se rompió; Rebeca se enteró de los amores ilícitos de Salatiel con Sara Judith Romano, esposa de Pablo José Barrasa, socio de la compañía Solomillo.

PJ como también lo llamaban, escribía su apellido con “s”, porque un aragonés, viejo amigo suyo, le explicó que ese apelativo en su tierra natal se acuño para designar a los habitantes de terrenos barrosos o barrasas, por tanto el apellido que de allí se derivó no podía ser Barraza sino Barrasa. PJ nunca preocupó por averiguar si era cierto o no, pero se valió de sus influencias en la curia y logró que se le cambiara la escritura de su apellido en su Fe de bautismo. De cualquier forma el continuó siendo, como su apellido: sucio y pegajoso. Y contrario a lo que comúnmente ocurre en los casos de adulterio, el se enteró de las andanzas de su mujer tempranamente.

Ese mismo día buscó a Salatiel Monterrosa y cuando lo encontró, los chismosos del pueblo que lo seguían, estaban convencidos de que por lo menos iban a presenciar un enfrentamiento de tipo caballeresco. Pero PJ simplemente le dijo:
-Gran hijo de puta, te voy a matar. Vete de este pueblo antes que me vea obligado a hacerlo.
Salatiel adivinó lo que estaba sucediendo pero aparentó serenidad y creyó o hizo creer haber entendido las palabras de PJ como un mensaje de que nunca lo mataría, y le respondió:
-Pablito -como cariñosamente lo llamaba-, eso no es lo que tu realmente deseas. Tu mismo en alguna ocasión me dijiste que este pueblo se estaba llenando de nuevos ricos, que realmente eran unos piojos resucitados; con pretensiones de merecer un estado social respetable, ser personas dignas y distinguidas: como tú y como yo. Y para conseguirlo, echan a rodar consejas de toda índole, como esta que te han llevado ahora, porque la forma como manipulan sus patrañas los hacen quedar bien contigo o conmigo, o con ambos, pues…. En este momento hizo silencio viendo que PJ se alejaba.

Por la noche recibió en su apartamento, la visita de un amigo suyo y de PJ quien le advirtió que varias personas y en varios sitios habían escuchado las amenazas de muerte proferidas por PJ contra él, y que en su modo de sopesar la situación lo recomendable y prudente era que se ausentara del pueblo por un tiempo o si esto no fuera posible inmediatamente, solicitara la intervención del alcalde o juez.
-Ni lo uno ni lo otro, dijo Salatiel -poniéndose en pie y dando unos pasos hacia cualquier lado-. PJ no quiere matarme. Aún más, no puede matarme por que él es un hombre justo y bueno y ya debe saber que todos son rumores perversos. Además personas nacidas bajo el signo de Cancer como yo, no mueren con los zapatos puestos.
El amigo consideró agotada su misión y se retiró.

Salatiel se puso entonces cómodo, recostado en su reclinomatic. Intentó deleitarse con las notas musicales del Bolero de Ravel, su melodía favorita. Pero las palabras de PJ golpeaban en su mente con la misma gradación de la intensidad de los compases del bolero, y esto lo hacía contraer involuntariamente todos sus músculos, en una especie de tic nervioso, y su tensión iba in crescendo, sin lograr relajarse. Finalmente se desgastó y se quedó profundamente dormido. Episodios como este, con algunas variaciones, se repitieron una y otra vez, cada noche antes de lograr conciliar el sueño.

Pero  un día supo que PJ había herido a un hombre que trató de atracarlo cuando en su vehículo, regresaba de su finca. Salatiel examinó los hechos y concluyó que ni el hombre -que a la postre resultó ser un campesino-, había intentado atracarlo ni PJ había querido matarlo.

Salatiel razonó de la siguiente forma: PJ llevaba en el asiento delantero de su vehículo una carabina punto 16, y en la gaveta un revolver calibre 38. PJ era amante casi desquiciado de las armas de fuego y al momento de defenderse, solo utilizó un machete, que evidentemente era el arma que podía manejar con mayor seguridad para no causarle daño grave.
El campesino en su declaración dijo que PJ lo atacó sorpresivamente por la espalda sin motivo aparente, y efectivamente su herida la recibió en la parte posterior del hombro izquierdo donde no se encuentran estructuras vitales.

Esta acción, se dijo Salatiel es solo un mensaje de intimidación para mi, como aquella otra sucedida pocos días antes cuando mató a tiro a una perra San Bernardo de pura raza. Sara Judith -su esposa, como ya se dijo-, le informó telefónicamente que Preciosa -como llamaban a la perra-, había escapado de su encerramiento y saltó hacia la calle, impelida por las ansias del periódico celo de las hembras, y con el primer perro callejero que se le acercó se trenzó en un fogoso e intenso apareamiento. Cuando regresó a la casa, cansada y con una mirada apacible de satisfacción, e ignorante de la infracción que había cometido a las reglas que los humanos han trazado para dividir a los perros en clases sociales -como en el cuento del famoso escritor cubano-, se acercó moviendo la cola a donde estaba PJ, mientras este comenzaba a descargarle su pistola calibre 39. Cuando la perra dejó de moverse, se volvió hacia donde estaba Sara Judith y le dijo:
-Fíjate lo que le pasó a la perra.
Ella estupefacta no pudo responder nada.

Estas serían acciones puramente amedrentantes, porque PJ -según Salatiel-, solo quería ahuyentarlo.

Mientras tanto, arrastrado por la fuerza de su libido insaciable, Salatiel Monterrosa había iniciado un noviazgo con Ana Isabel, la hija del alcalde, don Francisco de las Vacas. Éste era un hombre regordete, bonachón y de escasa ilustración, pero inmensamente rico y con un gran conocimiento y manejo de la voluntad de los demás. Nunca escuchó a alguien llamarlo señor alcalde, solo le decían Pachito y a él parecía agradarle más.

Pero este noviazgo se vio interrumpido, no por los ruegos ni las amenazas que le hacía Sara Judith a Ana Isabel, sino por la llegada al pueblo de Maria Emma Carvajal, esposa de Salatiel Monterrosa.

-Ojalá que PJ te mate pronto, le deseó Sara Judith a Salatiel.
Estaba furibunda y su hermoso rostro palideció mientras hablaba y sus insinuantes formas que otras veces movía cadenciosamente, ahora, temblaban por su indignación.

Pero el tiempo transcurría y las escenas donde aparecía PJ iracundo y vociferante, y Salatiel Monterrosa tranquilo y con una tímida sonrisa, se sucedían tan a menudo que ya los consocios de la empresa Solomillo y todos los que estaban acostumbrados a presenciarlas, empezaron a concluir que ya no habría tragedia alguna. Todo se reducía a que el uno no quería matar y el otro parecía desear que lo mataran. Las cosas se enfriaron tanto que ambos, PJ y Salatiel estuvieron de acuerdo en que la sociedad Solomillo, realizara una reunión especial con el único motivo de poner punto final a la situación.

La noche escogida para la celebración especial, todo lucía resplandeciente. La casa de la sede, magníficamente iluminada. Los cortinajes y muebles aparentaban un estilo señorial, que nadie antes había notado. La Sala de Juntas, impecable. Un gran florero en el centro de la mesa redonda de reuniones con claveles blancos y rojos, la adornaban; como signo de la alegría y de la paz, del vino y de la felicidad que reinaban.

Salatiel observaba a PJ que permanecía echado en un sillón de la antesala, como tratando de recordar algo. Salatiel sintió el deseo de acercársele, pero se contuvo. Todos los demás socios charlaban animadamente y hacían bromas inocentes. Todo auguraba una fraternal reunión.

-Pasemos a la Sala de Juntas, finalmente invitó el presidente.
Cuando todos estuvieron acomodados en sus sillas, éste recordó brevemente el motivo de la reunión y que una vez culminada, se brindaría un coctel que él quiso llarmar: “de la paz y la hermandad”. Inmediatamente invitó a Salatiel a hacer uso de la palabra.

Salatiel Monterrosa agradeció la deferencia y poniéndose de pie, dijo:
-He traido unas palabras escritas, modestas, pero cargadas completamente de sinceridad.
Y empezó a leer con voz entrecortada:
Queridos consocios y querido Pablito: En momentos como este, las ideas se agolpan en mi cerebro y no es posible imponerles algún orden para que fluyan con cierta coherencia. Por eso las escribí, para darles algún sentido. Pero aún así, esta intensa emoción me aprieta la garganta y me estropea la pronunciación. Pablito es el mejor amigo que tengo en este pueblo. He sufrido mucho durante este tiempo dolorosamente recorrido, pero nunca dudé de la bondad de Pablito ni de la grandeza de su alma. Cuando él habló de matar…
En este momento el llanto ahogó definitivamente su voz y prefirió sentarse.
PJ se levantó y dijo:
-Acojo con emoción las palabras pronunciadas por Salatiel Monterrosa, y las que no alcanzó a pronunciar pero que todos adivinamos. Yo también traje algunas palabras escritas para corresponderle y dadas las circunstancias, mas bien voy a entregárselas para cuando se encuentre sosegado, en el seno de su hogar, las lea.

Avanzó unos pasos aproximándose a Salatiel, y llevó su mano derecha al bolsillo izquierdo de su camisa. De allí extrajo una pistola calibre 22 y disparó consecutivamente sobre la cabeza y el pecho de Salatiel Monterrosa.

Todos corrieron despavoridos. Salatiel también corrió pero solo unos pasos, porque cayó al suelo para nunca más levantarse. La noticia se extendió como polvo sacudido por un ventarrón. Al siguiente día ya existían cuatro versiones diferentes de como se produjo el crimen.

Días después un fiel e incondicional amigo de PJ, Guillermo Santana, comentó:
-PJ no quería matar a Salatiel; únicamente intentó asustarlo una vez más para que se fuera del pueblo. Por eso utilizó esa calibre 22, que todos sabemos solo sirve para meter miedo y hacer correr.
-Pero el cargador de esa pistola es para solo seis proyectiles y en el cuerpo de Salatiel encontraron siete -replicó Sara Judith que se encontraba allí presente-.
-Quizás fue esa séptima bala la que le perforó la aurícula izquierda del corazón, como consta en la descripción de la autopsia, la que le ocasionó la muerte -continuó diciendo entre la ira, las lágrimas y el dolor, ella que tanto lo amó-.
-Es posible -dijo Guillermo-, que esa séptima bala sea la que no recordaba PJ si la había dejado o no en la recámara de la pistola.

Así las cosas, el crimen entonces se cometió por un olvido de PJ y no fue intencional.

¿Sería esta la hipótesis acogida por la justicia y que permitió que PJ saliera bajo libertad condicional a los seis meses de haber cometido el asesinato?

Bajo cualquier punto de vista, las cosas así sucedieron, y así se las cuento yo.

Fermín Zurbarán Barraza

Maurice Ravel – Bolero de Ravel